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Nostalgia (I)

El día 7/08/09 se hizo una pequeña reunión de Twitteras Chapinas en el Edificio Géminis de la Zona 10. La presencia femenina entre los twitterosgt es bastante poca, pero debo decir que todas son personas muy agradables y que vale la pena tenerlas entre la lista de follows y más entre la de amigas.
Sin embargo, no es ese el tema principal de este post, aunque fue por esa reunión que vino a mi mente la intención de escribirlo. Es una entrada bastante personal que se origina de mis memorias. Como vi que se estaba haciendo demasiado largo, decidí separarlo en dos partes. La intención de éstas entradas es que puedan conocerme un poco mejor y un ensayo a la autobiografía.



Cosas que quedaron en el pasado
Parte 1 de 2

Esta tarde, mientras me dirigía a la mencionada reunión, me di cuenta de lo poco que salgo últimamente. Pasan semanas para que yo decida salir de paseo y no porque no me guste, pero en los últimos meses pareciera que a los únicos sitios que voy son la oficina y la iglesia que están muy cerca de mi casa. Antes por lo menos iba a la universidad y pasaba un rato con las amigas. Extraño a veces los viajes en bus, lo que no extraño son las veces que me fui colgando en la puerta porque ya iba tarde o los días en que no había buses por algún paro. Como soy fanática de los instrumentos de escritura, cuando suben a vender lapiceros y marcadores, si llevo dinero, no puedo resistirme a comprar su oferta "mire, solo a cinco quetzales, mire, se lleva, mire..."

La zona 10 me trajo muchos recuerdos. No la frecuento mucho, pero he pasado distintas etapas recorriendo sus calles. Geminis despertó otros recuerdos más de mi infancia.

En la esquina que daba a la 11 calle de la Avenida La Reforma, existió por muchos años un restaurante, muy famoso entre algunos grupos, que tenía por nombre La Tertulia. Por las noches y los fines de semana ofrecía música de órgano en vivo y mi papá era el organista, lo fue desde que nació mi hermana hasta que cerró el restaurante (harán ya 6 u 8 años de aquello). Cuando era pequeña casi no lo teníamos mucho en casa —daba clases por la mañana o tarde— y por eso aprendí a desvelarme. Mi hermana y yo solíamos esperarlo a que regresara –pasada la medianoche, sobre todo los sábados y en vacaciones– y juntos tomábamos un té. Luego ya podíamos ir a dormir.

Los domingos era otra historia. Como el sábado nos desvelábamos todos, el domingo dormíamos hasta mediodía, solo para despedirlo porque pasaba en el restaurante hasta las seis de la tarde. Cuando regresaba, era costumbre ir a visitar a mis abuelitos y pasarla con mis primos.

Eran raros los días que lo acompañábamos al trabajo, la dueña del local nos tenía bastante cariño y podíamos estar en el restaurante casi como si fuera nuestra propia casa. Yo era bastante tímida y evitaba meterme a la cocina, aunque mi hermana sí lo hiciera.

Si el local no estaba muy lleno se prestaba muy bien para nuestros juegos infantiles. Con tantos sitios donde esconderse, corretear por allí resultaba realmente divertido y más de una vez los meseros tuvieron que hacer lo imposible para evitarnos mientras llevaban una bandeja llena de vasos, platos vacíos o comida caliente.

Como dignas hijas de mi papá, sabíamos tocar alguna que otra pieza. Él, fingiendo que nadie podía escucharme, me acompañó mientras tocábamos el Himno de la Alegría y los clientes habituales (que nos reconocían) comenzaron a aplaudir. Algunos hasta me dieron propina y recuerdo que esos fueron mis primeros 7 quetzales, solo para mí.


Aquellos domingos que llegábamos al restaurante desde mediodía y nos íbamos con él a las seis que salía. Almorzábamos allí, cantábamos las canciones que mi papá tocaba, nos acercábamos con él a verlo tocar, jugábamos en las salas vacías, (me ponía a dibujar o a leer para variar). Fue consecuencia de esas tardes que conocí las torres de Géminis 10.

A mi mamá siempre le ha gustado vitrinear. Ambos maestros, no contaban con un sueldo con el que nos pudiéramos dar grandes lujos —y jamás lo resentí—, así que nuestra distracción en los fines de semana era salir a ver vitrinas a la quince (15av. de la zona 6, de la 5a. a la 1a. calle), luego hicieron el Mega6 y pudimos variar las vitrineadas. Por eso acostumbrábamos ir de visita al Géminis, que no quedaba lejos de La Tertulia.

Hoy recorrí las mismas calles que en aquellos días. El perro que siempre molestábamos ya no debe vivir, los edificios han cambiado. Los almacenes ya no son los mismos y ya no se ve tan vacío como antes.

En la esquina contraria al restaurante quedaba un billar. Allí aprendí a jugar, bajo instrucción de mi tío Gustavo. Él nos dejó hace algunos años. El billar sigue allí, pero La Tertulia ya no existe. En su lugar hay una venta de motos. Todo ha cambiado, como siempre lo hará.

Mi papá nunca fue demasiado expresivo, pero para mi confirmación confesó que lo único que no le gustaba era no poder estar tanto tiempo con su familia por tener que estar trabajando por la noche. Años después, soy yo la que tiene ese horario de trabajo e incluso debo trabajar los domingos en la tarde. Ahora sólo puedo decirle: Gracias papi por todos esos años de sacrificio.

Continuará...

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